Venerable Andrés María Borello Sociedad de san Pablo

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Venerable Andrés María Borello

Venerable Andrés María Borello

El 3 de Marzo del año 1990 el Hno. Andrés María Borello fue proclamado venerable. Hoy la familia Paulina recuerda la santidad de este hermano, que es el modelo y ejemplo de todos cuantos se dedican al apostolado de los medios de comunicación social y, de manera especial, de los hermanos Discípulos de la Sociedad de San Pablo.

José Estanislao Borello y su esposa, Margarita Rivella, eran campesinos y vivían de su duro trabajo, en decorosa pobreza. Tuvieron a una niña, María. El 8 de marzo de 1916 nació una nueva vida que, el 16 del mismo mes, recibió el nombre de Riccardo. Después del bautismo, el padre tuvo que partir al frente. Abrazando a su hijito, repitió varias veces que no lo volvería a ver; casi un presagio: en efecto no volvió.

Riccardo vivió en Mango hasta los nueve años. Allí asistió a las escuelas elementales e hizo la primera comunión. Siempre conservó de la madre un recuerdo lleno de veneración: “Mamá me enseñó desde pequeño a rezar, y yo siempre he tratado de imitarla. Siempre rezábamos las oraciones con mucho recogimiento y, cuando el trabajo lo permitía, se rezaba más”.

En 1933 Riccardo, a los diecisiete años, quedó huérfano con la muerte de su madre y del padrastro. Fue como criado a una buena familia de campesinos. Enseguida se hizo querer por su seriedad y laboriosidad. Él conservó siempre una especie de veneración hacia los dueños, incluso después de su entrada en la “Sociedad de San Pablo”, hablaba de ellos con agradecido recuerdo.

Venerable Maggiorino Vigolungo

Venerable Maggiorino Vigolungo

El párroco, viendo a Riccardo siempre asiduo en la iglesia, atento y piadoso, le dijo una vez que tenía “cara de cura”. Estas palabras impresionaron al joven, lo hicieron reflexionar, y por fin tomaron a la decisión de ir a Alba, a la Sociedad de San Pablo para, probar algunos días la vida del instituto. Asistió a un curso de Ejercicios espirituales y volvió a su pueblo con el propósito de abrazar la vida paulina. Le preguntaron un día quién le había dado a conocer la “Sociedad de San Pablo”, y él contestó: “He leído la vida de Mayorino Vigolungo, me gustó mucho, he rezado y he hablado de ello con el párroco”.

Pareció un ángel

Recuerda un discípulo: “Cuando Borello entró con nosotros, pareció un ángel venido a alegrar nuestro grupo. En su mirada brillaba la inocencia y enseguida nos conquistó a todos”. Borello puso inmediatamente todo su empeño para adaptarse a la vida del grupo. Con sorpresa de sus compañeros, abrazó todos los deberes con ganas. Superó con tenacidad las dificultades, por la edad misma, para acoplarse con los otros, casi todos más jóvenes.

Desde los primeros días de su entrada en el instituto, Andrés Borello abrazó con todo el entusiasmo y con plena responsabilidad los deberes de la nueva vida: piedad, estudio, apostolado, pobreza. “He venido para trabajar para el Señor y hacerme mejor”, declaraba al sacerdote que lo acogió. Los superiores, admirados de su empeño y de su buen espíritu, lo destinaron al servicio del apostolado al complejo departamento de la papelera. Siempre listo y generoso a pesar del esfuerzo, ante cualquier ayuda que se le solicitara, incluso extraordinaria, pronto se hizo querer por todos. Sobre todo edificaba a cuantos trabajaban con él, por el espíritu de fe con que se dedicaba a cualquier servicio.

Dejarse formar como auténtico paulino

Borello formó parte del primer grupo de Discípulos que fueron a Roma para el año de noviciado. Era el 6 de abril de 1937. Un compañero suyo cuenta que rezó casi todo el viaje. Pisó con alegría el suelo de Roma, centro de la cristianidad, consagrado por la sangre de los mártires. Y se puso con empeño en manos de los nuevos superiores para dejarse formar como auténtico paulino. La jornada del Hno. Andrés se gastaba plenamente por Dios: santificaba el momento presente, atento a aprovechar toda ocasión para consagrar sus energías para la vida paulina, con plena dedicación de sí mismo. Era uno de los que más difundían. Un domingo que un compañero le dio la enhorabuena, Borello se puso rojo, se humilló y, con habilidad, se escabulló.

Su vida de religioso fue breve, pero ejemplar. Vida escondida y humilde que edificaba a quien se acercaba a él. Por su bondad de ánimo no rechazaba nunca un favor que se le pidiera. Y sobre todo callaba, especialmente cuando, en los últimos tiempos de su vida laboriosa, sufría y ofrecía en silencio sus cruces, sin proferir queja alguna; más bien manteniendo siempre su vida de regularidad, buen ejemplo y apegado a las prácticas comunes, ejemplar especialmente en la piedad y en el apostolado. Ofreció su vida a Dios en reparación por los muchos pecados: y Dios aceptó su generoso sacrificio.

Durante su última enfermedad le manifestó al Vicario general que lo preguntaba, que su gran pena era ver que de vez en cuando se alejaba de la Casa alguno de los Discípulos: tan grande era su amor no solo a la congregación, sino al grupo de los Discípulos y a cada uno de ellos en particular. Se dijo tras su muerte: “Pasó entre nosotros edificándonos, con su sencillez y humildad, con su silencio y laboriosidad”.

Santidad en lo ordinario. El Hno. Borello no hizo nada extraordinario, pero vivió en plena fidelidad los compromisos de su profesión religiosa. Supo corresponder a la gracia de Dios, a la vocación que Él le había dado. Su vida espiritual se manifiesta extraordinariamente, no tanto en manifestaciones singulares, cuanto como hábito de heroísmo, por el que su vida ordinaria quedaba transfigurada por la fidelidad a Dios en la voluntad de cumplimiento de sus deberes: “En todo momento fue un religioso fidelؙísimo”.

Esta fidelidad extrema a la voluntad de Dios brilla tanto más, en cuanto su vida humanamente ordinaria estuvo entregada por obediencia a tareas más bien humildes y pesadas: la papelera (especialmente pesada y dura) y luego la zapatería, que a él le costó muchísimo, por ser un trabajo que no había hecho nunca y completamente extraño al apostolado del verdadero discípulo del Divino Maestro, que es la buena prensa, el cine, la radio… Él la aceptó por obediencia, con tal que cumplir la voluntad de Dios.

Fe, Caridad, Pobreza…Venerable Andrés María Borello

La fe le hizo ver su vocación con una luz sobrenatural, hizo brillar en su alma toda la belleza del apostolado paulino en el puesto de trabajo que la obediencia le asignaba.

Esta humildad hace resplandecer también la virtud de la caridad, centro y alma de todas las virtudes, con la que vivió su vida de discípulo del Divino Maestro: una vocación de amor contemplativo-reparador-apostólico. Constituía una única cosa con la vida, sabiendo bien que el amor verdadero se prueba con las obras, cumpliendo la voluntad de Dios. Un testigo lo resume bien: “Dio infinitas pruebas de su extraordinario amor a sus hermanos y al prójimo.

Una de las características de la vida religiosa del Hno. Andrés María Borello es el espíritu de pobreza: pobreza decorosa, como conviene a un religioso que conoce el ejemplo de Jesús, Divino Maestro. Pobreza que enseña a usar y a conservar los instrumentos del trabajo como cosas sagradas para el apostolado. Para el Hno. Borello era sagrado cada instrumento, cada objeto de apostolado, sin distinción entre las grandes máquinas o las humildes herramientas del zapatero: todo era instrumento para la gloria de Dios y la salvación de las almas; todo era medio de expiación y de santificación.

Contento de todo lo que recibía, prefería las cosas más humildes. Decía: “Si no somos solícitos en emplear bien el tiempo, viene el demonio, se lo roba él y, además, se falta incluso a la pobreza”. Nadie lo vio nunca ocioso. Apenas tenía un poco de tiempo, corría a la iglesia y rezaba el rosario o intentaba hacer algún trabajo útil. A menudo recogía del suelo los papeles o cualquier otra cosa que diera sentido de desorden. Un día le preguntaron si quería un hermoso reloj, y se lo enseñaron. Contestó: “A mí me basta uno mucho más sencillo, para saber regularme con el horario”.

Espíritu de Familia

Custodio fiel de las tradiciones de la Familia Paulina, el Hno. Andrés Borello vivía un “espíritu de familia” que era para él como un elemento constitucional de su ser religioso, fundamental en las relaciones con los superiores y los hermanos, y de estímulo en el apostolado. Por la práctica de la mortificación, adquirió tal dominio de sus emociones que, por ese motivo, quedaban en buena parte interiorizadas y escondidas. Pero algunos episodios de su vida revelan que había cultivado un verdadero culto por la “vida común”. Y la practicaba, convencido de edificar su santidad y con el sincero deseo de conservar y difundir el “espíritu de familia”, arrastrando con su ejemplo silencioso.

No ahorró fatigas en el apostolado. Quería rendir al máximo. Hablando del trabajo de la papelera, una vez dijo: “Sí, el trabajo que estamos haciendo es un poco pesado, pero cada palada de pasta que levantamos es una hoja de papel sobre la que se imprimirá la Palabra de Dios y se llevará a las almas. ¡Ánimo, pensemos en el Paraíso!”.

El Fundador expresaba estos pensamientos: “Por juicio unánime, el Hno. Andrés María Borello merece ser glorificado y propuesto como ejemplo a todos los que se consagran al apostolado de los medios de la comunicación social, pero de modo especial a los Hermanos Discípulos de la Sociedad de San Pablo, que son como la espina dorsal de la Congregación y que tienen una parte importante en el apostolado de las ediciones. Desde el principio del Instituto había querido que se rezara para que entre ellos florecieran verdaderos Santos: siervos fieles del Padre celeste, reparadores de las ofensas que se hacen a Jesús Maestro –especialmente con los medios de la técnica–, ricos de gracia y de Espíritu Santo”. A la luz de san José, el Hno. Andrés María Borello se apresuró a rodear toda su vida de una intensa piedad reparadora, de un habitual recogimiento y silenciosidad, de una serena docilidad en la participación generosa al apostolado a través de la técnica y la propaganda, de una constante tensión hacia la perfección paulina.

 

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