Cada Cuaresma nos recuerda las tres prácticas penitenciales, como es la oración, el ayuno y la limosna.
En este momento, nos vamos a detener en el ayuno.
Comúnmente entendemos ayunar como abstenerse de comer algo, de renunciar a algo que nos ayuda a ordenar nuestros propios apetitos. Es importante, que esta decisión sea con el anhelo de acercarnos a Dios, de dejar ese espacio para que Él haga en nosotros y transforme nuestro corazón.
Este ayuno, podemos entenderlo también como esa privación de palabras, gestos o actitudes que pueden ofender a los demás. De esta forma, renunciamos a nosotros mismos por un bien mayor, fortaleciendo así nuestra voluntad, y aprendiendo la misma actitud del Señor, amando a Dios y a los demás.
Este año el Papa León XIV en su mensaje para Cuaresma, hace referencia a esto mencionado anteriormente, hablándonos a su vez de la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha.
Siendo el ayuno para ello, una práctica que nos dispone a la acogida de la misma. Este abstenerse, nos ordena y ayuda a convertirla en oración y responsabilidad para con el prójimo.
Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». (Mensaje Cuaresma 2026)
Nos invita también a abstenernos de otras formas de privación más concreta como renunciar al juicio inmediato, a palabras hirientes, a calumniar o hablar mal de personas que no están presentes.
Cuatro tipos de ayuno
Os proponemos cuatro tipos de ayunos para esta Cuaresma:
1. Escuchar
En estos tiempos en los que vivimos predomina el ruido, el rumor y es fundamental la importancia de la escucha, del silencio que no encuentra su lugar a nuestro alrededor. La escucha es el mejor medio para adentrarnos en nosotros mismos, para encontrarnos con profundidad con el otro, para aprender a escuchar a Dios y dejarnos interpelar por su misterio.
No es lo mismo oír que escuchar. Escuchar significa prestar atención, hacer un paréntesis en nuestra actividad, reflexionar y poner en practica lo que hemos escuchado. Es imprescindible para ello hacer silencio y saber escuchar.
2. No murmurar
El mismo Dios es Verbo, Palabra de amor que se nos revela y entra en comunicación con el ser humano. En cierto modo, nuestra palabra humana participa de la fuerza creadora de la Palabra Divina.
Una palabra que nace del amor y que conduce por tanto al amor, una palabra de verdad y misericordia, que brota del silencio del corazón.
Evitar por tanto causar daño con palabras pronunciadas que maldicen en lugar de bendecir lo mejor de nosotros mismos, que revela lo peor en lugar de lo mejor, que destruye en lugar de edificar. Por tanto, urge un trabajo en donde la palabra humana vuelva a ser lo que era en el principio.
3. No quejarse
La tercera propuesta es cuidar la queja. Ésta es una forma de actuar que habitualmente usamos, dejando escapar nuestras insatisfacciones, inseguridades e incluso la animosidad contra otras personas y diversos tipos de situaciones que afrontamos cada día.
El descontento y la queja, ante una circunstancia concreta o contra alguien, no solucionan el malestar que llevamos dentro. Todo lo contrario, lo que provoca es un mayor desasosiego permanente, ya que la queja no elimina sino que mantiene esa desazón que se incrementa.
La contrapartida a ello, es una actitud vital alegre, agradecida y generosa, que intenta sentir dentro de sí lo que está viviendo otra persona, dejando la lamentación, entrando así en una dinámica de valoración de lo positivo y valioso en el otro y en los hechos que acontecen.
4. Vencer la pereza
La cuarta propuesta es la pereza. Sabemos que ésta es una enfermedad del alma que arrastra al abismo de la tristeza y de la inquietud. La pereza desestabiliza las relaciones, nubla la conciencia, deforma la percepción de la realidad, extinguiéndose poco a poco la pasión por la vida.
En realidad, no hace vivir, tan solo permite sobrevivir, y por ello urge la necesidad de afrontarla con seriedad, conociendo las causas, observando las manifestaciones y los efectos que produce.
Ésta puede vencerse disponiéndose a amar, esperar y luchar para recuperar la alegría de vivir.
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